En una tarde templada, donde el sol comenzaba a teñir de ámbar los tejados y las sombras se alargaban sobre el asfalto, un experimentado guardia civil vigilaba con la calma propia de quien ha visto de todo en la carretera. Su postura era firme, su mirada aguda, y su presencia, aunque discreta, inspiraba respeto.
Desde su posición estratégica en la esquina, observó un vehículo acercarse a la señal de STOP.
El coche aminoró la marcha, casi como si su conductor estuviera rindiendo una especie de reverencia a la señal… pero no se detuvo por completo. Sus ruedas nunca llegaron a quedar inmóviles.
Con un gesto preciso, el guardia alzó la mano, ordenando al infractor que se detuviera. El vehículo obedeció esta vez sin titubeos.
—Buenas tardes, caballero. ¿Ha visto usted la señal de STOP? —preguntó el agente con voz firme, pero sin agresividad.
El conductor, un hombre de mediana edad con aire distraído, esbozó una sonrisa confiada y respondió con naturalidad:
—Sí, claro, agente. Por supuesto que la he visto. He parado… bueno, casi. He ido muy despacito, he mirado a ambos lados y, como no venía nadie, pues he pasado.
El guardia civil frunció el ceño y cruzó los brazos.
—No, señor. Usted no se ha detenido.
El conductor, con el aplomo de quien cree tener razón, insistió:
—Pero, agente… ¿qué más da? Es lo mismo ir muy despacio que pararse.
El guardia esbozó una leve sonrisa, de esas que presagian una lección inolvidable. Con calma, sacó su porra reglamentaria y, sin previo aviso, comenzó a darle unos golpes rítmicos al infractor, no con violencia desmedida, pero sí con la suficiente contundencia como para que sintiera cada impacto.
—Y ahora, dígame, caballero… —dijo el agente mientras mantenía el ritmo de los golpes—, ¿quiere que le dé despacito o prefiere que me detenga?
Los ojos del conductor se abrieron como platos mientras su argumento se desmoronaba como un castillo de naipes.
—¡Vale, vale, ya entendí la diferencia! ¡Parar es parar!
El guardia civil sonrió con satisfacción.
—Exactamente, caballero. Me alegra que lo haya comprendido.
Y con una última mirada de advertencia, le extendió la correspondiente multa. Porque, en la carretera y en la vida, algunas lecciones es mejor aprenderlas sin porrazos… aunque algunos, como aquel conductor, necesiten una pequeña demostración práctica.